Conseguir terminar un ultra de 170 kms. es difícil. Que te salga todo prácticamente bien es muy difícil. Y que te salga perfecto, casi imposible.
Porque esto es así, como siempre digo, 170 no son 100 y pico, no. Es otro escalón más. Yo nunca haría más de uno al año, porque es una prueba que te desgasta mucho, mental y fisicamente. Pero desde aquí quiero animar a mis compañeros que también se dedican a esto, que lo prueben, al menos una vez.
La carrera del Ultra Trail del Rincón, aunque ésta no tenga mucho desnivel comparado con sus primas hermanas de 100 millas, no os equivoquéis. Uno de sus puntos fuertes es el terreno, muy árido y más aún si hace calor, mucha senda inventada y mucho campo a través. Señoras y señores, con todos ustedes, el Rincón de Ademuz en estado puro:
Toda esta aventura esta vez no empieza, como había siendo habitual, con mis compañeros del Papelo. Hasta Castielfabib me fui con los amigos del Serra Vernissa, Paco Belda y Cristóbal, que iban a hacer la de 100 caminando. El viaje se me hizo muy corto, charlando, relajados, de nuestras aficiones comunes, las carreras, la alimentación, salud… No política, ni futbol, ni todo eso que siempre es más de lo mismo y que no lleva a ninguna parte. Este fin de semana tocaba desconectar del mundo, en uno de los mejores lugares para hacerlo…
Una vez llegamos a Castiel, sin el fabib, como dicen sus lugareños, recogida de dorsales, entrega de bolsas, saludo a mi amigo Marc, que iba a hacer la de 100 al día siguiente con sus compañeros Raul y David, también Dámaris, el pequeño Gerard, me cambio de ropa y primeras fotos.
Entramos al corral y se da la salida. Esta vez salgo mucho más tranquilo que el año pasado, que me puse nervioso y me coloque en primeras posiciones a primeras de cambio. Hoy iba a ser de otra forma. Iba a guardar todo lo que pudiera, entre otras cosas para poder ir comiendo bien durante la carrera, que es todavía mi asignatura pendiente, aunque en esta ocasión me salió algo mejor. También estrenaba mochila, la Quechua Extend 0-10, que no me dio ningún problema, y el superimpermeable Inov8 Race Elite 150, que no lo tuve que usar.
Disfrutando en todo momento de los sonidos que me ofrecía el río Ebrón, llegué hasta Torrebaja y de ahí, subiendo por una pista, hasta Mas del Olmo (Km. 19) en una discreta sexta posición.
Encaro la subida más larga de la carrera hasta el Alto de las Barracas (Km. 30) a 1838 m. Hacía un poquito de frío, pero con cortavientos y manguitos no molestaba. Eran 11 Kms. con casi 1000 m. de desnivel positivo. ¡Como para tener frío! Llegando a la cima adelanto a otro y me coloco en 5º puesto. Y pese a haber salido más tranquilo al principio, llego en la misma posición, pero 5 minutos antes que el año pasado. ¡Esto marcha! En el control de tiempos de allí arriba estaba el gran Francisco Robres, ganador de todas las ediciones anteriores del UTR-170, que este año no pudo disputar por lesión en un brazo a causa de un accidente en una carrera.
Bajo unos metros hasta el avituallamiento del Collado del Buey, como y bebo algo, y me pongo música. La noche va a ser movidita. El siguiente tramo lo hago completamente solo, y relativamente rápido, ya que es pista ancha, terreno fácil y casi todo para abajo. Cuando bajaba por esos campos abiertos, a 1800 metros de altura, completamente de noche, sin un ápice de luz, ni un sonido, me paré un momento, apagué el frontal y la música, y allí, con el frío apoderándose de ti poco a poco, pensé: Joder, morirse tiene que ser algo parecido a esto… y efectivamente, pero no me iba a quedar allí a comprobarlo, así que terminé de mear, encendí la luz, la música, y hasta llegar a Puebla de San Miguel (Km. 45).
Después de comer algo en el control, cuando estaba a punto de salir, aparece otro corredor. Nos saludamos y tiro yo delante. Al poco rato empiezo a dudar en algunos puntos de recorrido, bien por que el viento había girado o tirado al suelo algunas balizas, bien porque llevaba puesto el frontal “malo”, el caso es que varias veces tuve que esperar al que venia detrás, que además llevaba GPS, y si no es por él, todavía estoy buscando el camino. Así que, al final, nos hicimos amigos. Carlos Vicente, de Elche, había hecho una temporada estupenda y se estrenaba en la distancia de 100 millas. Bla, bla, bla, bla, yo contándole mis penas y el a mi las suyas, cuando menos nos dimos cuenta habíamos alcanzado al grupo de 3 corredores que perseguía al primer clasificado. Había un poco de niebla y ellos también iban un poco perdidos con las balizas. Nos juntamos los 5 hasta Casas Bajas (Km. 65).
Llegamos al control de Casas Bajas (Km. 65) con 9:39, sólo 7 minutos antes que yo, el año pasado. Y como la otra vez llegué a Ademuz a las 6 y media de la mañana, le dije a Carlos:
– No llegamos a tiempo antes de que salgan los de 100 Km.
– Ya, no llegamos.
Y es que lo ideal era salir con ellos, para así hacer mas llevaderos los kilómetros. Pero sorprendentemente nos pusimos todos a tirar a toda leche hacia Ademuz (Km. 73), y en apenas hora y cuarto estábamos allí. Habían unos cuantos corredores preparados en la salida, que nos animaron. Nosotros seguimos hasta el final del pueblo, a la residencia, donde comeríamos algo y descansaríamos un poco. Siempre recordaré aquella estampa: los cinco tirados en el suelo, con las zapatillas quitadas, cambiándose de ropa, reorganizando mochilas, cargando GPS, charlando con los del control, una señora que me reconoció del año pasado…
Una vez listos, decidimos salir juntos. Carlos se entretuvo un poco y Hector se quedó porque no estaba bien centrado. Así que para no quedarnos helados, fuimos Victor, Lamberto y yo caminando poco a poco. Cual fue la sorpresa cuando nos dirigíamos por una calle y nos encontramos que venia un grupo muy numeroso de los de 100 en dirección contraria, junto a uno de la organización. Y es que resulta que alguien se estuvo entreteniendo anoche cambiando las balizas. Se ve que se lo pasaron en grande. Porque hay gente que no sirve para nada, sólo para estas cosas, y encima cobardes… Total, que al final nos mezclamos con los de la de 100.
Camino a Negrón, Victor se quedó atrás y Carlos nos alcanzó a Lamberto y a mi. Cuando ibamos los tres por un camino llano junto con los demás corredores de la de 100, adelantamos a un chaval que iba caminando, como abatido, y a mi me pareció que llevaba el dorsal 2, de la de 170. Yo no lo habia visto todavia al que iba primero, pero estaba seguro que era ese. Y en Negrón (Km. 86) nos lo confirmaron:
– Vais los primeros.
Nosotros creiamos que habia salido muy fuerte y habia reventado, por lo menos yo. Pero no fue asi. Resulta que el más perjudicado por la gracia de las balizas fue él, que paso el primero. Según me diria despues, estuvo un buen rato vagando por las calles de Ademuz, hasta que pudo encontrar el camino correcto, pero cuando ya habian salido los de la de 100.
En la subida al Talayón vi que podia tirar sin forzar mucho y asi lo hice. Lamberto y Carlos se quedaron y yo fui cogiendo distancia. Iba el primero y pensaba: “No puede ser. Esto es imposible” “Aguanta, no te vuelvas loco que todavia queda muchisimo”. Paso Talayón (Km. 94), Santerón (Km. 98) y llego a Arroyo Cerezo (Km. 110) en casi 2 horas de antelación respecto el año pasado. Además, con la diferencia que la otra vez estaba Jose Osma esperandome que se habia retirado, yo iba con la rodilla hinchada con intenciones también de retirarme, y en 5ª posicion, y ahora iba el primero, fresco y de una pieza. “No puede ser. Aguanta, no te vuelvas loco”… Alli veo a Dámaris, la mujer de Marc, que me dice que no hace mucho que ha salido, como tranquilamente y me dispongo a hacer el bucle de la Cruz de los Tres Reinos.
Cuando ya me disponia a salir del avituallamiento, veo otra vez al chaval del dorsal 2 que estaba por alli, pero no hago mucho caso. “Se habrá retirado y estará comiendo algo”, pensé. Porque yo estaba convencido de que habia pinchado por salir muy rapido, pero no… A mitad de subida a la Cruz de los Tres Reinos (Km. 116) me pasa el dorsal 2. “Ya sabia yo que esto no podia ser….” Le pregunto qué le habia pasado y entonces me cuenta lo de las balizas. Estaba bastante cabreado. Fui detrás de él hasta casi arriba, pero rápidamente me di cuenta de que ese no era mi ritmo, asi que después de pasar el control le deseé suerte y bajamos hacia Arroyo Cerezo pero cada uno a su marcha.
Ya en Arroyo Cerezo no me entretuve tanto y enseguida continué hacia la Oficina de Turismo (Km. 136). Aquí ya empezó mi pequeño calvario. No se si es que del mismo esfuerzo, o algo me sentó mal, el tomate de los macarrones, el melón, quizás… No se, el caso es que empezaron los dolores de estómago y a dispararse todas las alarmas. Vamos, lo que vulgarmente se llama PAJARA. Hacia un pelín de calor y, además de que salí con el agua justa, parecía que hasta los líquidos me sentaban mal. Me costó, pero al final llegué a la Oficina de Turismo (Km. 136), en segunda posición, aunque esto me importaba menos. Yo lo que quería era que se me pasara ya. Me senté un ratito en el avituallamiento, pero no comí apenas nada.
Sin recuperarme del todo salí caminando, pero esta vez con suficiente agua, hacia abajo del río. Pase por el lado de una acequia donde me lave un poco la cara a ver si se me pasaba, pero ni esas. Ahora había que subir bastante y eso no ayudaba en absoluto. Hubo momentos que estaba tan mareado y veía tan borroso que temía por caerme al suelo y me tuve que sentar un par de veces. En una de ellas, me paso un corredor.
– ¿Estás bien? – me preguntó.
– Si, es que estoy un poco mareado, a ver si me recupero…
Le vi el dorsal que lo llevaba medio tapado y me pareció ver que era de los de 2 cifras.
De la de 170. “Mierda….” También me pasaron unos cuantos más. Yo intentaba fijarme en los dorsales para ver si eran de mi carrera. Al final, lo dejé estar y pensé: “Ya me da igual la posición. Tampoco quiero saber el tiempo, pero según veo el sol lo alto que está todavía, se que voy muy bien. Así que ahora se trata de ir despacio hasta que se me pase esto”.
Y así fue. Intenté provocarme el vómito varias veces y por lo que sea, al momento empecé a sentirme mejor. El agua ya me sentaba bien. Eso fue ya pasado el control de Morrones (Km. 144), camino de Tormón. Decidí tomarme un gel que me quedaba a ver si me espabilaba un poco, y vaya si lo hizo. Ya estaba cayendo la noche y tocaba abrigarse y ponerse música, que esto volvía a arrancar.
Llegué sin problemas a Tormón (Km. 155), donde me bebo un caldito que me sabe a gloria. Me toman nota del dorsal y me comunican que llevo al segundo a 10 minutos. «¿A 10 minutos?… me voy».
Salí disparado, apretando los dientes, enfadado, y pensando que quizá sí, que después de estar más de 50 kilómetros en las dos primeras posiciones, por lo menos me merecía el segundo puesto. De pronto, en una de las subidas que bordean al río Ebrón, entre los reflejos de las balizas, veo una luz roja que se mueve. «A por él». Lo alcanzo y enseguida compruebo que sí, que era el mismo que me adelantó cuando estaba sentado. Llevaba una mochila Quechua como la mía, pero no acierto a verle el número de dorsal, que lo llevaba medio tapado. «Si, este es el segundo clasificado». Le paso, animándolo, como habitualmente hago. No me gusta adelantar a nadie sin ni siquiera decirle «Hola». Es de mala educación.
– Si que te has recuperado bien, si. – me responde.
A partir de ese momento, había que echar el resto. Tenía que aumentar distancia para evitar sorpresas de última hora. Así que, como me encuentro bastante bien todavía, a tirar se ha dicho.
Los estrechos del río Ebrón es un lugar fabuloso para visitar, si puede ser de día y paseando, no de noche y corriendo a toda leche, je je je. Un continuo sube y baja, escaleras, puentes, cuerdas…
Cuando llego a la altura de las pasarelas de hierro, me encuentro con una pareja de corredores, los cuales al verme, enseguida me dejaron pasar. Inmediatamente uno de ellos me pregunta:
– Que, ¿como llevas los 90 kilómetros?
– No, yo llevo 160 – me hizo gracia la pregunta.
Enseguida noté algo extraño en ellos. Se pusieron detrás de mi, como acosándome. Yo, al verlos, les dije:
– ¿Quereis pasar?
– Si, si, si.
Y arrearon como alma que lleva al diablo. Me pareció extraño, pero no le di importancia.
Llego, por fin, al final de los estrechos, al merendero donde estaba el control del Km. 165. Allí no me registran el tiempo porque no disponían de medios.
– ¿Quieres algo? ¿Agua, isotónica, fruta?
– No gracias, sólo voy a rellenar de agua una botella y me voy, que tengo al tercero pisándome los talones.
– ¿Cómo? Pero si el tercero eres tú. Acaba de pasar el segundo, dorsal 7.
– No puede ser, pero si…. Ah cojones, ahora lo entiendo todo.
Quedé un poco desilusionado, pero no había que bajar la guardia, porque el 4º lo tenia detrás. De modo que continué, pista para abajo. Recuerdo que aquí también adelanté a uno de la de 100.
Al llegar al punto donde el río se cruza con la pista, sabia que había un puente, pero ni me paré a pensar. Atravesé el río tal cual, total, un refresco ahora tampoco viene mal. Después dejé aun lado El Cuervo por el cauce del río y llegué hasta Cuesta del Rato. Aquí me puse un poco nervioso porque creía que era Castielfabib y no encontraba por donde se subía, pero enseguida vi las marcas y continué, río abajo, hasta que por fin, vi Castielfabib.
Ahora si, la meta a un tiro de piedra y nadie por detrás. «Tercero. Bieeeeeen.» Encaro la subida al pueblo de asfalto y antes de girar la última curva veo a Fran Robres, que me había visto en Arroyo Cerezo, cuando iba primero.
– Al final, tercero. – le digo.
– No, vas cuarto. Bueno….. pero…… sube y ahora te lo explicarán.
«No puede ser» «Me cauen la p****» «¿Será posible?» «Bueno, pues voy a terminar por lo menos…»
Giro la última curva y entro a meta, abatido. Cuál fue mi sorpresa que allí me veo a Rafa Bonete y Loretto. Abrazos. También a Marc, que hacía una hora que había llegado y Dámaris. Más abrazos. Enseguida Rafa me empieza a explicar así por encima que había uno que había entrado segundo pero no había pasado los controles, que lo estaban investigando. Yo ya estaba mareado, porque no sabia ya quién era cada uno. El que yo había pasado, el que me pasó a mi, el que había llegado segundo….
En un momento salió Eduardo Aguilar, el Sr. Alcalde de Castielfabib y el jefe de todo este tinglado, y me dice:
– ¿Tú eres el que ha entrado cuarto?
– Si.
– Pues enhorabuena, eres tercero, mañana subes al podio.
Habían descalificado al que entró segundo, por varias irregularidades en los controles, y es que resulta que mis amigos del Papelo estaban siguiéndome por Internet y el grupo de WhasApp estaba que echaba humo, al ver la progresión de ese sujeto, lo que llevó a Santi a escribir a la organización reclamando. Menos mal que uno tiene detrás al mejor equipo con que se puede soñar…
Al final, la clasificación quedó así:
1º Francisco Vicente 26h 43m
Era el más fuerte con diferencia, menos mal que el percance de las cintas no le impidió ganar, no hubiese sido para nada justo.
2º Fran Gonzalez 27h 19m
El que alcancé en el río Ebrón. Al final me sacó, desde el control de El Cuervo a meta, 37 minutos en 5 kilómetros, una máquina de tío, ya me dirás lo que tomas.
3º Antonio Requena 27h 57m
6 horas y 13 minutos menos que el año pasado.
4º Carlos Vicente 28h 50m
Resultó ser que el que yo adelanté pensando que era de la de 170, no fue así. El que venia detrás de mí a una hora de distancia era mi amigo Carlos, que obtuvo un merecidísimo cuarto puesto y trofeo de tercer veterano.
5º Lamberto Vidagany 31h 37m
6º Victor Garcia Jubera 31h 42m
Estos dos entraron juntos a meta, los otros dos supervivientes del grupito de Ademuz, también con dos merecidos trofeos de segundo y tercer senior.

 

 

 

El domingo hicieron la de 34 kms. en la que participaron José María y Miguel, éste último logrando un 4º puesto en la general y 3º de veteranos.
Llegada la hora de los agradecimientos tengo que decir, primero de todo, que dedico el trofeo exclusivamente a todos mis compañeros del Papelo y compañeros de otros clubs que me han estado acompañando en los entrenes, dándome ánimos, siguiéndome por Internet, y preocupándose por mi cuando yo estaba centrado en la carrera. Sin ellos todo esto no sería posible.
Y como no, a la organización y voluntarios del Ultra Trail del Rincón, que con los pocos recursos que cuentan hacen posible una de las mejores carreras, o de momento la más larga, de la Comunidad Valenciana. Por su simpatía, amabilidad y dedicación, MUCHAS GRACIAS.
Y esto fue todo, espero que os hayáis sentido un poco como parte de mí en esta odisea, que al final, queramos o no, es una simple anécdota grabada en el registro de la vida de una persona. Porque la vida está para eso, para vivirla. Buenas noches.

Comenta la noticia

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.