LA PAZ, lo escribo con mayúsculas, para realzar este bien tan escaso y tan deseable. Pero la paz es una consecuencia de la guerra, pero se una guerra especial, una guerra interna , sabiéndonos vencer en esas batallas interiores. Vencer la soberbia, el egoísmo, la falta de solidaridad, y la avaricia, que yo me atrevo a pensar que es la causa verdadera de todos los conflictos familiares, municipales, provinciales, estatales y mundiales.

Hay que luchar, interiorizarnos, tal vez si nos miramos al espejo y nos preguntásemos…¿Qué nos hace mirara para otro lado tan frecuentemente?¿ No nos atenaza el corazón ver la situación mundial? ¿No guardamos en la retina esas imágenes de esas pobres gentes que emprenden su éxodo particular cargados con lo que les queda después de haber abandonado sus hogares, hogares destruidos y entre cuyos escombros tal vez hayan quedados sepultados seres queridos. Heridos, niños hambrientos que no entienden nada, que es lo que refleja su mirada perdida ante las cámaras.

Hemos de ser claros, y si la guerra ha sido y es uno de los cuatro jinetes Apocalípticos, actualmente se parece más a un videojuego, pero con la diferencia- trágica diferencia-que lo que salta por los aires es real, solo ha sido necesario apretar un botón y la muerte vuelve en una hecatombe lo que había sido un lugar habitado por civiles que no se jugaban nada en el envite, pero pagan las consecuencias. Luego todo se olvidará y los países volverán a estar igual o peor que antes de la guerra. Eso sí, mas arruinados.

Los que han “patrocinado” el conflicto, y del que nunca pueden prever las consecuencias, buscando el momento de iniciarlo desde sus respectivos despachos. Unos amenazan, otros se inhiben. Pero lo que tal vez ignoran es que nos estamos jugando un apocalipsis y no porque estemos dejados de la mano de Dios, es que actuamos desde hace mucho tiempo, como si Él no existiera.

La Iglesia se esfuerza, nos empuja a rezar. La oración es omnipotente, y la Reina de la Paz sabrá, si se lo suplicamos, cuidar de sus hijos. Pedirá, como Omnipotencia suplicante, a Dios por esa paz que anhelamos y que se ve amenazada. Nos lo está pidiendo el Santo Padre Francisco. Y rezamos.

Fdo. Alfredo Hernández

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