Desde lo más profundo de mi sentimiento, mezcla de admiración y agradecimiento, escribo casi acuciado, casi forzado, al ver a la mujer- que no es esta o aquella – la mujer, que por ser tal, es tan importante en la vida de todos, de la escala social que seamos; sabios o torpes, altos o bajos. Sin ella no existiríamos. Y escribo porque pienso que a la mujer la están vejando, unas veces directamente y otras de una manera más sutil, subliminalmente.

Claro que está bien que haya asociaciones en su defensa. Todos tenemos derecho a ser defendidos si somos atacados. Es loable, que ante el mal trato o la vejación del tipo que sea, surjan iniciativas que se ocupen en que los derechos de nadie sean pisoteados.
Me limito a sugerir, sin buscar polémica, ¿no es denigrante ver anuncios en que la mujer exhiba sus encantos, que encantan o desencantan, según como les miremos? ¿No es eso una vejación para la mujer? Debe ser que en determinados ambientes el valor de la mujer y su insinuante belleza se ha perdido.

Cuando se pierde el respeto que merece cada persona, por ser tal. Cuando perdemos nuestro propio respeto, porque muchas veces lo hemos ido permitiendo. Reivindicamos con, con los cuerpos desnudos, desnudos que no reivindican nada. Renuncian a lo más secreto del cuerpo, algo que pertenece al pudor de la persona.

Cuando esto ocurre en la sociedad, algo está chirriando, el lubricante de la vergüenza propia y ajena se está perdiendo o se ha desnaturalizado y no sirve . Habrá que reinventar otra sociedad – ojo que esta es la nuestra- en que el valor y el respeto de la decencia estén por encima de las conquistas relativistas “del todo vale” y volver, si nos interesa, a los tiempos en que se fijaba y cada cual hacía, lo lícito, lo moral y la decencia “del no enseñar”. Tal vez se hacía por mimetismo, pero funcionaba.

Que el” cada cual haga lo que quiera”, no es pensar en los demás. La convivencia sin que nadie se sienta, al menos, incómodo, es el ideal para el respeto mutuo.

Fdo. Alfredo Hernández

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